Cuando se va un vuelo, no solo despega un avión
La reciente reducción de operaciones aéreas derivada del aumento en el costo de la turbosina no debe entenderse como un problema aislado de una aerolínea, sino como una advertencia seria sobre la competitividad turística de destinos como Puerto Vallarta.
Primero fue Magnicharters con el cierre indefinido de operaciones. Ahora, Delta Air Lines anuncia ajustes en rutas que ya no le resultan suficientemente rentables. El mensaje es claro: las aerolíneas están redibujando el mapa turístico bajo una sola lógica, la rentabilidad.
Durante muchos años creímos que el turismo dependía únicamente de la promoción, de la belleza natural del destino o de la calidad de los servicios. Hoy la realidad es distinta. Un destino puede tener ocupación hotelera, gastronomía, playas y demanda potencial, pero si la ruta aérea no genera margen financiero para la aerolínea, simplemente desaparece. Y cuando desaparece una ruta, no se pierde solamente un vuelo. Se pierde conectividad, flujo de visitantes, inversión, ocupación hotelera, consumo en restaurantes, tours, transporte, comercio y, por supuesto, empleos.
Puerto Vallarta enfrenta además otro desafío silencioso, pero igual de importante: la disminución en la capacidad de consumo del turismo nacional e internacional.
La inflación sostenida en alimentos, combustibles, transporte y servicios básicos ha reducido significativamente el ingreso disponible de las familias mexicanas. Hoy muchas personas destinan la mayor parte de su presupuesto a sobrevivir, no a vacacionar. El turismo interno, que históricamente funcionaba como amortiguador frente a las bajas internacionales, hoy también resiente la presión económica nacional.
En los últimos años, en Vallarta se ha mostrado una ocupación durante el primer trimestre lo bastante aceptable, trayendo beneficios a la hotelería, rentas vacacionales formales e informales. Por una importante afluencia de visitarte, provenientes principalmente de Canadá y Estados Unidos, además del turismo nacional y residentes temporales que ofrecen la dinámica del destino. Sin embargo, detrás de esta aparente estabilidad, existe una señal que también es silenciosa y merece de nuestra atención: la disminución en la capacidad de consumo de los visitantes.
Como prestador servicios hotelero, en el segmento de Bungalows se percibe con claridad cómo es que mucho turistas, llegan con presupuestos más limitados, priorizando así sus hospedajes y con esto reduciendo significativamente su gasto en restaurantes, bares, cafeterías y demás centros de consumo, principalmente en zonas de alta actividad, como la Zona Romántica. Hoy en día, el turista cuida cada peso o cada dólar, selecciona con mayor cautela donde va a consumir, y en muchos casos, evita gastos considerados como no esenciales. Esto refleja no solo el impacto de la inflación subyacente que se vive en México, sino también la fragilidad económica de sus países de origen. Es decir, hay turistas presentes, pero no necesariamente demuestran una derrama económica suficiente.
Esto quiere decir que enfrentamos una doble presión: menos conectividad aérea y menor capacidad de gasto del visitante nacional y extranjero.
Ese escenario obliga a replantear la estrategia.
No basta con discursos optimistas ni con campañas promocionales tradicionales. Se necesita una política integral de competitividad turística.
Proteger rutas aéreas exige una mesa permanente entre gobiernos, aeropuerto, aerolíneas, fideicomisos turísticos, hoteleros y organismos empresariales. Hay que anticiparse, no reaccionar cuando el vuelo ya fue cancelado.
También se requieren incentivos temporales para conservar frecuencias estratégicas, promoción compartida con aerolíneas, alianzas con mayoristas y plataformas digitales, así como una estrategia fuerte de fortalecimiento del turismo nacional.
Pero incluso eso será insuficiente si no se atiende el fondo económico: empleo formal, estabilidad, certidumbre para invertir y recuperación real del poder adquisitivo de las familias.
Porque el turismo no se sostiene solamente con campañas; se sostiene con condiciones reales para viajar.
Hoy más que nunca debemos entender que la conectividad aérea es un indicador honesto del estado económico de un destino. Las aerolíneas no operan por discursos políticos; operan por números. Y cuando comienzan a retirarse, normalmente ya detectaron un problema antes que todos.
Por eso defender nuestras rutas aéreas no debe verse como un tema exclusivo del sector turismo, sino como un asunto de seguridad económica regional.
Porque cuando se va un vuelo, no solo despega un avión: despega la inversión, el empleo y el futuro.

Comentarios
Publicar un comentario