Cuando las cortinas bajan y la ciudad calla.
Las rentas: la inflación artificial que vacía el corazón de Puerto Vallarta.
Hay ciudades que hablan.
Otras que susurran.
Y algunas como mi adorado Puerto Vallarta comienzan a guardar silencio.
Cuando caminamos por el centro histórico, la colonia Emiliano Zapata, y algunos centros comerciales de la avenida principal lo podemos notar: cortinas metálicas abajo, locales vacíos, letreros de “se renta” que cada vez se avejentan más por el sol y el salitre. Lugares que antes albergaban cafeterías familiares, pequeños restaurantes, galerías, tiendas de artesanos hoy permanecen cerrados, como si la ciudad contuviera la respiración. Y no es por falta de emprendedores y sus buenas ideas, ni ganas de trabajar. Está faltando algo más profundo: condiciones reales para permanecer.
Ciertas zonas de Puerto Vallarta no se están transformando por modernidad; se estaba vaciando por una lógica económica que dejó de dialogar con la realidad local.
La renta que sube… aunque nadie les rente.
Los precios de las rentas comerciales, en los últimos años, han escalado a niveles que oscilan entre los 30,000 y hasta 85,000 pesos mensuales. En muchos casos, es aún más. Lo paradójico es que el incremento no viene acompañado de una demanda real, constante y sobretodo solvente. Al contrario: los locales permanecen vacíos durante meses e incluso años.
Aquí surge una pregunta incómoda, pero que resulta necesaria: ¿Porqué se mantienen precios tan altos cuando el mercado claramente no los absorbe?
Esta respuesta no la podemos encontrar en la inflación oficial, ni en el aumento proporcional de los costos operativos, y mucho menos en las mejoras sustanciales de infraestructura. La respuesta se ha comenzado a llamar inflación artificial: un fenómeno donde los precios se fijan no por datos duros, sino por percepciones, expectativas y comparaciones externa que poco tienen que ver con la realidad de la economía local.
Inflación artificial: el precio se encuentra desconectado de la realidad.
Este efecto ocurre cuando el valor de una renta está determinada más por lo que se cree que puede valer, que por lo que realmente puede pagar, quien vive y trabaja en la ciudad. Este efecto está alimentado de frases como: “es que es Vallarta”, “es zona turística”, “algún extranjero lo va a pagar” o la de “mejor vacío que barato”.
Esta lógica viene a provocar un mercado rígido e inflexible, donde hay muchos propietarios (que en su mayoría no son residentes) prefieren mantener sus locales cerrados antes de ajustar el precio a un comerciante local. Lamentablemente esta no es una decisión ilegal, pero si profundamente desconectada del impacto urbano y social que genera.
Este resultado, es como una especie de vitrina inmobiliaria: fachadas, bonitas, interiores, vacíos, y una economía de barrio que se apaga lentamente.
Emprendedores frente a una renta imposible.
Para los emprendedores y pequeños comerciantes locales, esta inflación artificial se traduce en una barrera casi infranqueable. Un negocio tradicional no podría sostener una renta pensada en una cadena internacional. Un café de barrio no factura en dólares. Un taller creativo no vive de temporadas altas.
Estamos viviendo una consecuencia clara: proyectos que no nacen, negocios que miran a otras colonias, talento que se nos va. Y con esto, se va también la identidad del centro. Por una ciudad no se define sólo por su arquitectura, sino por las historias que se viven dentro de sus espacios.
Este efecto de la inflación artificial no está limitado a los locales comerciales. También está aplicando y fuertemente en el ámbito habitacional, colonias tradicionales como las 5 de diciembre viven una presión similar. 1/4 pequeño, hoy en día, puede costar hasta 15,000 pesos mensuales, una cifra impensable para un trabajador promedio del sector servicios.
A qué mercado se ha orientado hacia el turismo, de corta estancia, y los nómadas digitales, dejando fuera a quienes sostienen la ciudad: como los meseros, recepcionistas, cocineros, comerciantes, personal de limpieza, policías y hasta maestros. La paradoja es brutal: quienes hacen funcionar a Puerto Vallarta, ya no pueden vivir en Puerto Vallarta.
Esto ya no es un problema inmobiliario; es un problema de cohesión social, de movilidad forzada y de pérdida de comunidad.
Puerto Vallarta: con precios globales y salarios locales.
Mientras ciudades, como la ciudad de México, pueden sostener rentas elevadas en zonas como la Roma o condesa, gracias a una base amplia de residentes con alto poder adquisitivo, Vallarta, opera con una economía distinta. Aquí los ingresos promedios no crecen al mismo ritmo que las rentas, pero los precios se fijan como si así lo fuera.
Se vive en pesos, pero se cobra en lógica de dólares. Se trabaja todo el año, pero se renta pensando en la temporada alta. Está desconexión es el núcleo de la inflación artificial.
¿Y la autoridad? ¿Y la regulación?
A diferencia de otras ciudades del mundo que están implementando topes de incremento anual, incentivos para la renta a largo plazo o esquemas de preservación de centros históricos, en puerto Vallarta, el mercado está operando prácticamente en libre albedrío. No hay control, no existe la medición sistemática, tampoco hay políticas públicas, claras, que buscan equilibrar el derecho a la propiedad con el derecho a la ciudad.
Estamos bajo un riesgo evidente: un centro bonito, pero vacío; rentable en papel, pero frágil en lo económico; atractivo para visitarte ocasional, pero inviable para quien quiere construir un proyecto de vida.
El proyecto de rentas: inflación artificial, nació de una inquietud y varias charlas de café entre buenas amistades. El día de hoy he adoptado por el Tecnológico Superior de Puerto Vallarta. No como un ejercicio de confrontación, sino como un esfuerzo serio, por medir, analizar y proponer. Porque sólo con datos, podremos responder preguntas, claves como: ¿Cuánto ha subido realmente la Renta en los últimos años? ¿Qué relación existe entre salario e ingreso? ¿En qué zonas es más severo este fenómeno? ¿Cuánto tiempo permanecen vacíos o locales?
Medir no es atacar, medir es entender. Y entender es el primer paso para lograr corregir.
El precio de vaciar la ciudad: reflexión.
A los propietarios: una renta más baja, pero constante puede ser más rentable, económica y socialmente, que un local vacío esperando un milagro. La ciudad también necesita arraigo.
A los emprendedores: resistencia, adaptabilidad y alzar la voz con argumentos es parte del proceso. La ciudad se construyó con pequeños negocios, no sólo con grandes capitales.
A todos nosotros: una ciudad sin comercio, local, sin vida cotidiana, sin residentes, termina siendo un escenario. Bonito, sí. Pero sin alma.
Las cortinas bajadas no son sólo de metal. Son historias que no pudieron continuar. Y todavía estamos a tiempo de abrirlas de nuevos.

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