Entre cifras y decisiones
El reto económico 2026
El arranque de este 2026, no deja espacio para el optimismo ingenuo. Los datos económicos que tenemos hoy en día sobre la mesa, no se obligan a una lectura fría, técnica y sobretodo responsable del momento que está atravesando México. Esto no es para alarmar, sino para decidir mejor.
El banco de México ha sido claro en sus proyecciones. La inflación al cierre de este año alcanzaría el 3.77% se prevé que al cierre del 2027 alcance el 3.93%. Aunque estos niveles parecían moderados frente a los picos recientes, su impacto acumulado continúa erosionando al poder adquisitivo de los hogares, y con esto presionando los costos operativos de las empresas. La inflación, no sólo es un dato: es un impuesto silencioso, que define márgenes, precios y sobretodo el consumo.
Hablando de crecimiento económico, el panorama aún está más limitado. Para este 2026, se estima un rango de entre 0.4% y el 1.2%, mientras que para el 2027, la expectativa mejoró un poco al 1.8%. En términos prácticos, hablamos de una economía que está creciendo por debajo de su potencial, que resulta incapaz de absorber de manera suficiente a la población económicamente activa, ni de detonar un ciclo sostenido de inversión productiva.
¿Y si hablamos del dólar? El tipo de cambio también refleja esta cautela estructural. El dólar podría cerrar este año en 18.56 pesos para lograr alcanzar en el año 2027, los 19.56 pesos. Más allá de la volatilidad cambiaria, este comportamiento viene revelar la sensibilidad de nuestra economía ante los factores externos y la percepción de riesgo que acompaña al mercado mexicano.
Sin embargo, el escenario no es completamente adverso. La encuesta CITI de Expectativas 2026, nos anticipa un recorte en la tasa de interés de hasta 6.5%, lo que podría marcar al inicio de una política monetaria menos restrictiva. Este ajuste nos abre una ventana, aunque limitada pero relevante: para reactivar el crédito, mejorar condiciones de financiamiento y estimular la inversión privada, siempre que exista confianza y sobretodo certidumbre regulatoria.
Ante este panorama, existe un tema estructural que amenaza con anular cualquiera base coyuntural: la informalidad.
El pasado 2025, la economía informal, representó el 25.4% del PIB, 2.6. Puntos porcentuales más que en el año 2018. Éste crecimiento significa que la informalidad avanza más rápido que la economía formal, distorsionando así a la competencia, reduciendo la recaudación, ilimitado, la productividad nacional.
Las cifras son bastante claras y contundentes. El 54.6% de la población ocupada se encuentra en la informalidad y esto genera apenas una cuarta parte del PIB. Por otro lado, encontraste, el 46% de los trabajadores y empresas formales produce el 75% de la riqueza del país. A lo que nos lleva a una evidente conclusión: la formalidad es más productiva, más eficiente y más sostenible.
A lo que nos lleva a una pregunta obligada: ¿Por qué millones de personas permanecen en la informalidad? La respuesta es estructural y nada ideológica. Está claro que no existen incentivos reales para dar ese salto hacia la formalidad. El sistema fiscal castiga al que está cumpliendo mientras que tolera al que no. El acceso al crédito sigue siendo bastante limitado y la calidad de los servicios públicos, especialmente en materia de Seguridad Social, no compensa el costo de formalizarse.
Desde la perspectiva empresarial, este equilibrio no sólo es completamente injusto, es insostenible. No se puede construir una economía competitiva con reglas que resultan desiguales. No se puede hablar de productividad sin un mercado formal robusto. Y no se puede aspirar a crecimiento, si más de la mitad de la fuerza laboral ópera al margen del sistema.
Es momento de una política pública que premie la formalidad, que simplifique el cumplimiento, reduzca cargas innecesarias y haga menos atractiva la informalidad. El sector privado de la mano del gobierno, debemos entender que éste no es un debate fiscal, sino un debate sobre el desarrollo.
La economía mexicana no necesita discursos optimistas, necesita decisiones concretas. Observar los datos, comprender las tendencias y actuar en consecuencia, es hoy una responsabilidad compartida.
El futuro económico del país no se improvisa: se construye con información, con estrategia y más importante con voluntad.

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