EL ECO DE UN PAÍS QUE NO QUIERE RENDIRSE
La noche del sábado del 1 de noviembre, caminando por el panteón de Compostela, Nayarit, en compañía de mis hijos y de mi hermana. Nos encontramos en un recorrido histórico, una experiencia que combinaba la curiosidad con el respeto. Entre las tumbas silenciosas, un guía nos estaba narrando la vida y muerte de personajes que habían marcado a la ciudad: general de la revolución, combatientes, cristeros y líderes agrarios. Cada historia cobraba vida con las voces y las escenificaciones. Cada tumba contaba una parte importante de México: las heridas, los sacrificios y los ideales.
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Escuchamos historias sobre fusilamientos injustificados y el guía no se exponía cómo es que la guerra Cristera había dolido más al pueblo que la misma Revolución. La historia se estaba haciendo presente como si las almas de aquellos personajes todavía reclamaran por justicia.
En ese instante, tras varios minutos de pie y caminando, me reposé sobre una tumba y tomé mi celular para editar una fotografías y compartir la magia del momento en mis redes sociales. Fue entonces cuando miré en la pantalla una noticia que detuvo el tiempo: habían asesinado a Carlos Manzo el presidente municipal de Uruapan, Michoacán.
En ese momento, en el recorrido, las voces y los pasos del grupo se desvanecieron. La historia que estábamos escuchando hace unos segundos, sobre las guerras, las muertes injustas y los ideales, se mezcló con una historia viva de nuestro país, que continúa escribiéndose con la misma tinta de violencia y abandono.
¿Por qué a los mexicanos nos duele tanto la muerte de Carlos Manzo?
Más allá del hecho trágico, su muerte tiene un eco simbólico. Representa el ciudadano que se atrevió a enfrentar al sistema, a los políticos, que no espero favores, al hombre que decidió decir las verdades que muchos callamos. No era un político más, sin duda. Era un hombre que creyó firmemente que se podía gobernar sin miedo y sin corromperse.
Nos duele, porque confirma lo que todos tememos: que en México, quien levanta la voz, corre riesgo. Que el poder, cuando no protege, se convierten en cómplice del miedo. Que el Estado, cuando no garantiza la seguridad, traiciona su razón de ser.
Nos duele también, porque en Carlos Manzo, la gente miraba esperanza. Vimos la posibilidad de un nuevo liderazgo, de una política, sin partido y sin maquillajes, pero, sobre todo, sin impactos con la impunidad. Su estilo directo, su carácter ciudadano, su discurso sin tantos adornos conectaron con un país que ya está cansado de promesas y discursos vacíos.
Entonces, ¿qué nos queda cuando el Estado falla en su obligación más básica, proteger nuestra vida?
¿En qué momento aceptamos como normal que los buenos mueran y los corruptos sigan en el poder?
¿Hasta cuándo vamos a tolerar que el miedo dicte la conducta de una nación entera?
Cuando desviven a un alcalde en un festival público, frente a su pueblo, en un evento 100% familiar, el mensaje suena brutal: si al representante del pueblo lo matan así, que queda para el ciudadano común. Este pensamiento recorrió mi mente mientras aún caminaba entre las tumbas de hombres y mujeres que también murieron por intentar cambiar las cosas. La historia, comprendí, no se repite por casualidad: se repite porque no hemos aprendido a romper el ciclo de la impunidad.
Nos queda claro que la muerte de Carlos Manzo, no sólo duele; nos confronta. Viene recordar que este país aún no ha resuelto su conflicto con la justicia. Que seguimos llorando a hombres y mujeres valientes y justificando a los incapaces. Que, a pesar de todo, todavía creemos, y eso duele más, que México puede ser mejor, pero no sabemos cómo exigirlo.
Hoy como ayer, en aquellas guerras que marcaron a México, la sociedad enfrenta una decisión, juntos seguir observando o empezar a actuar. La diferencia es que ahora no hay cañones ni caballos, hay redes sociales, instituciones, cámaras y votos. Pero el valor sigue siendo el mismo.
A los mexicanos nos duele el asesinato de Carlos Manzo, por qué no sólo mataron a un alcalde, mataron una posibilidad.
Pero esa posibilidad puede renacer, si comprendemos el mensaje: que el silencio también mata, que la indiferencia también destruye.
Entonces, ¿cuándo será el momento de levantar todos la voz por un México con estado de derecho?
¿Hasta cuándo permitiremos que a los héroes sigan cayendo y los culpables sigan gobernando?
Tal vez el verdadero homenaje a Carlos Manzo, no sea llorarlo, sino continuar lo que él empezó: reconstruir el valor de servir sin miedo y con esa certeza de qué este país aún puede ser digno, justo y más importante libre.

Está claro que el gobierno federal solo quiere un ejército que construye y cuida desarrollos turísticos sin importarle dar la seguridad cosa que le cuesta trabajo reconocer o a lo mejor está esperando que de EU vengan hacer el trabajo que no quiere hacer como el envío de cabezas de los cárteles para evadir un compromiso y responsabilidad, será culpa de también de Calderón el arrimón que le dieron por la mala atención a su seguridad...
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